Y Dios dijo: «Hágase el sexo»



El cantar de los cantares, por Marc Chagall.


© Lisa Miller


El poema describe a dos jóvenes amantes que arden de deseo; su obsesión es mutua y total. El hombre abunda en detalles sobre los ojos y el cabello de su amada, sus dientes, labios, sienes, cuello y senos, hasta llegar a «la montaña de mirra». Entonces parece extasiado: «Eres toda hermosa, belleza, amada mía», afirma. «No tienes defecto alguno». Por su parte, la joven corresponde a su deseo con abierta lujuria. «Mi amado pasó la mano por la abertura de la puerta, y se estremecieron mis entrañas», dice.
Aunque no lo crea, esta loa a la consumación sexual se encuentra nada menos que en la Biblia. Es el Cantar de los Cantares, atribuido a Salomón, poema que parece derivar de canciones de amor egipcias que datan de más de 1200 años antes del nacimiento de Cristo. Durante miles de años, los intérpretes bíblicos se han esforzado en mesurar este ardor argumentando que describe más de lo que parece a simple vista; que es una descripción del amor de Dios por Israel; que habla del amor de Cristo por Su Iglesia. Mas cualesquiera que sean las interpretaciones posibles, el Cantar es, por derecho propio, un antiguo fragmento de literatura erótica, una oda a la satisfacción del deseo sexual.
¿Qué dice la Biblia, realmente, sobre el sexo? Dos investigadores universitarios dirigieron sendos libros a un público general tratando de responder la interrogante. Indignados por el dominio de los conservadores católicos en el ámbito público, donde insisten en que la Biblia sólo aprueba el sexo dentro de los límites del «matrimonio convencional», estos autores tratan de demostrar lo contrario. Jennifer Wright Knust y Michael Coogan exploran la Biblia en busca de sus pasajes más mundanos e inexplicables en torno del sexo (Jefté, quien sacrifica a su hija virgen a Dios o Noemí y Rut, quienes juran amarse hasta la muerte) con objeto de demostrar que las enseñanzas bíblicas acerca del sexo no son tan coherentes como quiere hacernos creer la derecha religiosa. En la obra de Knust, el Cantar de los Cantares es una apología al sexo fuera del matrimonio, de los convencionalismos de la familia y la comunidad. En Unprotected Texts: The Bible’s Surprising Contradictions About Sex and Desire (Textos sin protección: las sorprendentes contradicciones de la Biblia sobre el sexo y el deseo), Knust escribe: «Estoy harta de que quienes supuestamente deben proteger la Biblia, se dediquen a convertir sus historias y enseñanzas en simples eslóganes». Su libro se publicará en EE. UU. este mes, en tanto que el de Coogan llegó a las librerías a fines de 2010 con el título God and Sex: What the Bible Really Says (Dios y sexo: lo que realmente dice la Biblia). Los críticos conservadores aseguran que lo que ofrece la Biblia en términos de sexo es, justamente, un argumento coherente. Al leerla dentro del contexto de la tradición cristiana y con la conciencia de que el texto es «de inspiración divina» (es decir, fue transmitido por Dios a las personas) lleva al creyente a una conclusión ineludible sobre las interrogantes del sexo y el matrimonio. «La intimidad sexual fuera de un compromiso público y permanente, entre un hombre y una mujer, no concuerda con el propósito creador o redentor de Dios», explica Richard Mouw, presidente del Seminario Teológico Fuller, de Pasadena, California. Aunque los liberales aseveren que la Biblia es más permisiva con el sexo, eso es una falsedad, acusan los conservadores.
Por supuesto, estos enfrentamientos sobre la interpretación «correcta» son tan antiguos como la propia Biblia. En las actuales guerras culturales, el Libro Sagrado —sobre todo el argumento de «un hombre, una mujer», expuesto en el Libro del Génesis— es enarbolado por la derecha cristiana para oponerse al matrimonio homosexual y esa disputa, igual que la del papel de las mujeres en el liderazgo de la Iglesia, llevó a muchos estadounidenses (dos terceras partes de los cuales rara vez leen la Biblia) a creer que la Biblia no habla en su nombre. Knust, profesora de religión en la Universidad de Boston, es también ministra ordenada de la denominación bautista estadounidense, mientras que Coogan —actual director de publicaciones del Museo Semítico de la Universidad de Harvard— fue seminarista jesuita. Con sus libros, ambos esperan que la discusión sobre el sexo y la Biblia se desvíe de la derecha religiosa. «La Biblia no tiene que percibirse como una invasora que conquista cuerpos y voluntades con sus pronunciamientos y exigencias», escribe Knust. «También puede ser una compañera en la compleja tarea de lo que significa vivir en cuerpos que palpitan de anhelo». Aquí, los argumentos resumidos de los dos autores:

La Biblia es un antiguo texto que no puede aplicarse a las particularidades del mundo moderno. El «matrimonio convencional» no existe en la Biblia. Abraham procrea con Sara y su sierva, Agar. Jacob toma por esposas a Raquel y su hermana, Lea, así como a las siervas Bilah y Zilpa. Jesús fue célibe, igual que Pablo.

En esencia, los maridos eran dueños de sus mujeres y las hijas eran propiedad de los padres. El progenitor protegía o entregaba la virginidad de su hija según le pareciera. Es por ello que Lot ofrece a sus dos hijas vírgenes a la turba enfurecida que rodea su hogar en Sodoma.

El Deuteronomio propone la pena de muerte a las adúlteras y Pablo sugiere que «las mujeres deben guardar silencio en las iglesias» (argumento que adoptan algunas denominaciones conservadoras para impedir que las mujeres suban al púlpito).

La Biblia promueve una «parcialidad patriarcal dominante», acusa Coogan, de suerte que lo mejor es elidir las particularidades y leer el libro por sus enseñanzas sobre el amor, la compasión y el perdón. Tomada en su conjunto, «la Biblia puede interpretarse como un registro del nacimiento de un movimiento incesante en pro de la libertad e igualdad para todas las personas».

Muchas veces, la sexualidad se oculta en los pasajes bíblicos.

Quienes siguen los debates sobre el matrimonio homosexual están familiarizados con ciertos fragmentos de las Escrituras. Dos versículos del Levítico sentencian que el sexo entre hombres es «una abominación» (según la traducción inglesa del rey Jacobo); otro, tomado de Romanos, condena a los hombres «inflamados de deseo por otro hombre». Sin embargo, como señala Coogan con tono irónico, «hay sexo en cada página de la Biblia; sólo hay que saber dónde buscar». Para entender plenamente las enseñanzas bíblicas sobre el sexo, se necesita perspicacia.

Cuando los escritores bíblicos querían referirse a los genitales, a veces hablaban de «manos», como sucede en el Cantar de los Cantares, pero también mencionan «pies». Coogan cita un pasaje en el que nace un bebé «entre los pies de la madre» y otro donde el profeta Isaías presagia que movido por la ira, Dios cortará el pelo de las cabezas, los mentones y los «pies» de los israelitas. En el Antiguo Testamento, cuando Rut se unge y se tiende junto a Booz al oscurecer —con la esperanza de hacerlo su esposo—, la mujer «desnuda sus pies». Al despertar sobresaltado, Booz pregunta: «¿Quién eres?». Rut se identifica y pasa la noche «a sus pies».

A partir de lo anterior, Coogan hace una exégesis bastante sensacionalista. Siempre que da clase a estudiantes universitarios, escribe, no falta uno que pregunte por la escena de Lucas, en la cual una mujer besa y lava los pies de Jesús, para luego secarlos con su cabello. ¿Acaso el autor se refiere a esos «pies» o a los pies de verdad? «Como sugieren las lucubraciones tanto modernas como antiguas», escribe Coogan, «es posible que exista una insinuación sexual». Sin embargo, en este caso particular, los estudiosos concuerdan en que un pie es meramente un pie.

Lo prohibido también está permitido.

La Biblia es estricta y punitiva en cuanto al sexo. Prohíbe la prostitución, el adulterio, el sexo premarital en las mujeres y la homosexualidad. Sin embargo, todos los casos tienen excepciones, señala Knust. Tamar, una viuda sin hijos, se hace pasar por una prostituta y se ofrece a su propio suegro —para que él pueda «entrar» en ella. Su maternidad insatisfecha puede más que la prohibición contra la prostitución. Knust también argumenta (con tono provocador) que el rey David «disfrutó de satisfacción sexual» con su amigo del alma, Jonatán. «Tu amor por mí fue maravilloso», lamenta David a la muerte de Jonatán, «superior al amor de las mujeres».

El Viejo Testamento permite el divorcio, que, por otra parte, está prohibido en los Evangelios. Es evidente que a Jesús no le gustaba. «Quienquiera que se divorcie de su mujer y case con otra, comete adulterio; y si ella divorcia al marido y casa con otro, comete adulterio», sentencia en el Evangelio de Marcos. Sin embargo, en el relato de Mateo, Jesús suaviza un poco su postura y deja una salida a los maridos de mujeres infieles. «Tratándose de sexo, la Biblia muchas veces se contradice», escribe Knust.

A veces, las interpretaciones aceptadas son erróneas.

Como todos sabemos, la historia de Sodoma y Gomorra habla del juicio de Dios contra la homosexualidad, la promiscuidad y otras formas de sexo ilícito. Pero en realidad, no es así, asegura Knust. Se trata de un relato sobre el peligro de tener relaciones sexuales con ángeles. En el mundo bíblico, las personas creían y temían a los ángeles, porque las prácticas sexuales con esos seres conducían inevitablemente a la muerte y la destrucción. En la historia de Noé, Dios desata una inundación para exterminar a los descendientes de «las hijas del hombre» (humanas) y «los hijos de Dios» (según algunas interpretaciones, los ángeles). Los textos judíos no canónicos hablan de ángeles llamados Vigilantes que bajan a la Tierra y fecundan a las mujeres, produciendo hijos monstruosos —y en consecuencia, provocando una terrible venganza divina—. En opinión de Knust, Dios arrasa con Sodoma no porque sus hombres tuvieran relaciones sexuales entre sí, como predican muchos ministros contemporáneos, sino porque los hombres de la ciudad trataron de violar a los ángeles de Dios que se habían albergado en la casa de Lot. Asimismo, cuando el apóstol Pablo ordena que las mujeres cubran sus cabezas en la iglesia, lo que hace es emitir una advertencia a quienes incitan la lujuria angelical: «Los ángeles podrían estar vigilando», escribe Knust.


Coogan y Knust no son los primeros estudiosos que ofrecen interpretaciones alternas de las enseñanzas bíblicas sobre el sexo. Lo que les distingue de todos los demás es su «populismo».
Con títulos provocadores y editoriales de prestigio, resulta evidente que la intención es vender libros; no obstante, su finalidad ulterior es combatir las interpretaciones «oficiales». Knust, criada en un hogar católico conservador, recuerda haber leído la Biblia con su madre, sentadas en un sofá y (con una mezcla de fe y escepticismo) haber comentado en voz alta su significado. Su intención es que los lectores de su libro hagan lo mismo.
Es indudable que una persona sentada a solas con las Escrituras pueda llegar a conclusiones peligrosas: en ciertos momentos de la historia, la Biblia fue utilizada para defender la esclavitud, la violencia doméstica, el secuestro, el abuso de menores, el racismo y la poligamia.
Es por eso que Albert Mohler, presidente del Seminario Teológico Bautista del Sur —bastión del conservadurismo cristiano de EE. UU.—, concluye que la lectura de la Biblia debe ser supervisada por autoridades competentes. El hecho de que todos debamos leer la Biblia «no significa que todos estemos igualmente calificados para leerla y tampoco que el texto se utilice sólo como un espejo del individuo», previene. «Cualquier clase de herejía puede surgir de personas que leen la Biblia y terminan con la temeraria convicción de haberla entendido correctamente». Como Palabra de Dios, agrega, la Biblia no es susceptible de interpretaciones, como la Ilíada o la Odisea.
Pero la democracia da voz a todos, incluso a los que dicen herejías, y aunque los lectores acepten o no las interpretaciones de Coogan y Knust, los autores tienen razón en insistir en que una población escindida por los temas del sexo y la moralidad sexual no puede —ni debe— ceder el control sin antes explorar lo que la Biblia dice realmente. Elaine Pagels, eminente historiadora bíblica, está de acuerdo. Leer el Libro Sagrado y reflexionar en sus escritos lleva a «darnos cuenta de que no tenemos una serie de respuestas, sino un montón de preguntas».

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