Un paraíso en zona talibán
Un paraíso en zona talibán
MÓNICA BERNABÉ desde Camp Apache (Qalat)
21 de noviembre.- En la base militar Camp Apache ondean dos banderas: la estadounidense y la rumana. “Hay un pequeño contingente de rumanos que se encarga de entrenar al ejército afgano”, justifica el teniente coronel norteamericano Bob O’Brien que, a su vez, también es responsable de formar a soldados locales.
“Sin duda, sería mucho más fácil que en cada provincia un solo país se encargara del entrenamiento del ejército afgano porque, aunque estamos coordinados, cada uno tiene su manera de trabajar”, admite.
El hangar donde los militares se entretienen en su tiempo libre. M. BERNABE
Aún así considera que es positivo: “Les servimos de ejemplo a los afganos porque ven que, a pesar de que somos de países diferentes, trabajamos juntos. Ellos deberían hacer lo mismo entre las diferentes etnias”, argumenta.
Los militares rumanos son escasos y se les identifica rápidamente en medio del contingente norteamericano: la mayoría son jóvenes escuálidos, muy poca cosa al lado de los fornidos estadounidenses. Viven, eso sí, en la base norteamericana y se benefician de todos sus servicios, que no son pocos.
Camp Apache es casi un paraíso en medio del infierno del sur de Afganistán, feudo tradicional de los talibán. En la base hay de todo. “Tenemos mesas de ping pong, billar, futbolín, libros y un gimnasio”, enumera el teniente Roger Hafford. Todo se concentra en una especie de hangar gigante totalmente insonorizado. Especialmente impresiona el gimnasio: hay todo tipo de artilugios para hacer deporte, entre ellos ocho máquinas enormes para correr, con dos televisores colocados estratégicamente para que los que corren no se aburran mientras lo hacen.
En el hangar también hay ocho ordenadores para conectare a Internet, y otros tantos teléfonos. “Puedes llamar de forma gratuita a la base militar de Estados Unidos que esté más cerca a tu domicilio y desde allí te ponen en contacto con tu familia”, sigue explicando el teniente Hafford.
Según dice, sólo pueden llamar tres veces a la semana pero, a la práctica, lo hacen tantas veces como quieren, siempre que hay teléfonos disponibles. Es la ventaja, comenta, de estar destinado a una base no excesivamente grande. En Camp Apache se encuentran destacados unos 250 militares norteamericanos.
Eso también permite a los soldados disfrutar de una cierta de privacidad, si a eso se le puede llamar alojarse en casetas de madera subdivididas en habitáculos de unos tres por tres metros cuadros. En cada habitáculo duermen dos soldados en una litera, y lo condicionan y adornan a su gusto.
Resulta increíble comprobar lo mucho que se puede aprovechar tan poco espacio. Por haber, en Camp Apache incluso hay servicio de masajes, una cancha de baloncesto y otra de voleibol. Y también pantallas gigantes donde se pueden sintonizar hasta cerca de cuarenta canales de televisión norteamericanos. Entre ellos, como no, la TV del Pentágono, en la que incluso los presentadores de los informativos son militares que cantan las noticias ante la cámara con las condecoraciones correspondientes a su rango colgadas en la pechera.
Asimismo los soldados estadounidenses pueden recibir en Camp Apache todo tipo de correspondencia y paquetes desde Estados Unidos. “Existen algunas restricciones. Por ejemplo, no nos pueden enviar bebidas alcohólicas ni medicinas para evitar que alguno abuse”, declara el teniente Hafford. El envío tarda unas dos semanas y media en llegar a Afganistán.
A pesar de todas las comodidades, algunos soldados aseguran que ellos prefieren estar en campamentos militares más pequeños y con menos servicios. “Allí no hay tantos jefes y puedes hacer más lo que quieras”, justifican. Lo que tienen claro todos es que no quieren estar destacados, ni locos, en la base de Kandahar. Ha crecido tanto en el último año, dicen, que ahora es un hormiguero donde la vida resulta imposible.






























