Por un ateÃÂsmo poscristiano
© Michel Onfray (*)El ateÃÂsmo cristiano. Durante mucho tiempo el ateo funcionó como la cara opuesta del cura, punto por punto. El negador de Dios, fascinado por su enemigo, a menudo adoptó varias de sus manÃÂas y defectos. Ahora bien, el clericalismo ateo no ofrece nada de interés. Las capillas de librepensamiento, las uniones racionalistas tan proselitistas como el clero y las logias masónicas al estilo de la Tercera República, apenas llaman la atención. Se trata, en adelante, de apuntar hacia lo que Deleuze llama un ateÃÂsmo tranquilo, es decir, menos una posición estática de negación o de lucha contra Dios que un método dinámico que desemboque en una proposición positiva, que deberá constituirse después de la lucha. La negación de Dios no es un fin, sino un medio para alcanzar la ética poscristiana o francamente laica.
Para empezar a definir los lÃÂmites del ateÃÂsmo poscristiano, detengámonos en lo que aún debemos superar en la actualidad: el ateÃÂsmo cristiano o el cristianismo sin Dios. ¡Extraña quimera, una vez más! Pero existe, y caracteriza a un negador de Dios que afirma al mismo tiempo la excelencia de los valores cristianos y la ÃÂndole insuperable de la moral evangélica. Su trabajo presupone la disociación de la moral y la trascendencia: el bien no tiene necesidad de Dios, de cielo o de un anclaje inteligible, pues se basta a sàmismo y depende de una necesidad inmanente: proponer una regla de juego y un código de conducta entre los hombres.
La teologÃÂa deja de ser la genealogÃÂa de la moral, y la filosofÃÂa toma el relevo. Mientras que la lectura judeocristiana supone una lógica vertical –desde lo bajo de los humanos hasta lo alto de los valores–, la hipótesis del ateÃÂsmo cristiano propone una exposición horizontal: nada fuera de lo racionalmente deducible ni disposiciones en otro campo que no sea el mundo real y sensible. Dios no existe, las virtudes no se derivan de una revelación, no descienden del cielo, sino que provienen de un enfoque utilitarista y pragmático. Los hombres se dan a sàmismos las leyes y no tienen necesidad para ello de recurrir a un poder extraterrestre.
La escritura inmanente del mundo distingue al ateo cristiano del cristiano creyente. Pero no los valores comunes. El sacerdote y el filósofo, el Vaticano y Kant, los Evangelios y la CrÃÂtica de la razón práctica, la madre Teresa y Paul RicÅ“ur, el amor al prójimo católico y el humanismo trascendental de Luc Ferry tal como lo expone en El hombre-Dios, la ética cristiana y las grandes virtudes de André Comte-Sponville, evolucionan en un campo común: la caridad, la templanza, la compasión, la misericordia, la humildad, pero también el amor al prójimo y el perdón de las ofensas, poner la otra mejilla cuando nos pengan una vez, el desinterés por los bienes de este mundo, la ascesis ética que rechaza el poder, los honores, las riquezas como falsos valores que desvÃÂan de la verdadera sabidurÃÂa. Éstas son las opciones que profesan teóricamente.
El ateÃÂsmo cristiano deja de lado, la mayor parte del tiempo, el odio paulino del cuerpo, el rechazo de los deseos, los placeres, las pulsiones, las pasiones. Más de acuerdo con su época sobre las cuestiones de la moral sexual que los cristianos con Dios, los defensores de un retorno a los Evangelios –con el pretexto del retorno a Kant, incluso a Spinoza– consideran que el remedio contra el nihilismo de nuestro tiempo no necesita un esfuerzo poscristiano, sino una relectura laica e inmanente del contenido y del mensaje de Cristo. Desde el continente judÃÂo, Vladimir Jankélevitch –véase su Tratado de las virtudes–, Emmanuel Levinas –léase Humanismo del otro hombre o Totalidad e infinito–, pero también hoy Bernard-Henri Lévy –El testamento de Dios– o Alain Finkielkraut –SabidurÃÂa del amor–, proporcionan a este judeocristianismo sin Dios una parte de sus modelos.
El ateÃÂsmo posmoderno anula la referencia teológica, pero también la cientÃÂfica, para construir una moral. Ni Dios, ni Ciencia ni Cielo inteligible, ni el recurso a propuestas matemáticas, ni Tomás de Aquino, ni Auguste Comte o Marx; sino la FilosofÃÂa, la Razón, la Utilidad, el Pragmatismo, el Hedonismo individual y social, entre otras propuestas a desarrollar dentro del campo de la inmanencia pura, en favor de los hombres, para ellos y por ellos, y no para Dios o por Dios.
La superación de los modelos religiosos y geométricos en la historia vino por el lado de los anglosajones Jeremy Bentham –léase y reléase DeontologÃÂa, por ejemplo– y su discÃÂpulo, John Stuart Mill. Ambos echaron las bases de construcciones intelectuales, aquày ahora, y aspiraron a edificaciones modestas, es verdad, pero habitables: no eran catedrales inmensas e inhóspitas, aunque bellas a la vista –como las edificaciones del idealismo alemán–, poco prácticas, sino obras en condiciones de ser realmente habitadas.
El Bien y el Mal existen no sólo porque coinciden con las nociones de fiel e infiel en la religión, sino porque atañen a la utilidad y la felicidad de la gran mayorÃÂa. El contrato hedonista –no puede ser más inmanente…– legitima la intersubjetividad, condiciona el pensamiento y la acción, y prescinde completamente de Dios, la religión y los curas. No hay necesidad de amenazar con el Infierno o de seducir con el ParaÃÂso, y de nada sirve fundar una ontologÃÂa de premio y castigo post mortem para alentar las buenas acciones, justas y rectas. Una ética sin obligaciones ni sanciones trascendentes.
Ver también: Ensayo contra Dios, Propuesta y ¿Dónde ponemos a la religión?





























