LO QUE LOS OBISPOS (Y SUS CRÃTICOS) AÚN NO HAN ENTENDIDO

A nadie debe parecerle mal que los obispos, como los responsables de cualquier otra asociación, hermandad, conciliábulo, sindicato, club de fútbol o lo que sea, se junten y digan muy clarito qué es lo que les parece bien o mal de cada oferta polÃtica. Al fin y al cabo, vivimos (se supone) en una democracia en la que ese derecho está garantizado para todo el mundo (aunque a algunos los sacan en la tele cuando lo ejercen, y otros tenemos la libertad de expresar nuestra opinión en una esquina de internet, como máximo).
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Lo que ya no es de recibo es pretender que uno tiene derecho a decir públicamente lo que piensa, ¡y también el derecho a que los demás no puedan criticarle por expresar esas opiniones! Los obispos esperan tener en la arena pública el mismo privilegio que en púlpito, en donde, por lo que sé, aún no se han establecido los turnos de réplica para los fieles (que no lo serÃan tanto en caso contrario). Si uno quiere hacer afirmaciones públicamente, pues también tiene la obligación de aceptar mansamente las crÃticas, y de responderlas con la misma libertad. Tampoco puede escudarse en el latiguillo de que "no estamos haciendo campaña". ¡Ay, amigos! ¡En campaña estamos todos, pues todos tenemos el derecho a votar! Precisamente la nota episcopal se publica ahora como orientación (o exortación) para el voto, asà que, si eso no es campaña, que venga Dios y lo vea (o mejor que no venga, que cada vez que ha dicho que venÃa, joder la que se ha liado).
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En cambio, los laicistas de bote que tanto abundan en nuestro panorama politicointelestual sufren del error de acusar a la Iglesia de "entrometerse en la campaña electoral", como si eso fuese algo antidemocrático. Confunden la noción de laicismo (que la religión debe estar separada de los poderes públicos) con la idea de que la religión debe un ámbito separado de la polÃtica. Craso error: no hay nada (ni, sobre todo, nadie) fuera de la polÃtica, salvo las matemáticas, tal vez. ZP y su comparsa parecen presuponer que la religión deberÃa ser un ámbito separado, en el que "nosotros no nos metemos, y a cambio vosotros no os metéis en polÃtica". Ni mucho menos: eso serÃa como decir que en la privacidad doméstica la ley queda al margen. Precisamente eso es lo que no queremos los laicos: queremos que las religiones estén bajo el imperio de la ley, y asÃmismo que puedan disfrutar de los derechos que esas leyes garantizan. No somos como Suseñor Cañizares, quien pregona, como buen Talibán, que hay que obedecer a Dios antes que a las leyes.
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