jerarquÃÂa Católica Enemiga del Laicismo
Martes 31 de Agosto del 2010
La jerarquÃÂa eclesiástica y las organizaciones católicas conservadoras se han conjurado contra el laicismo, recurriendo a todos los medios a su alcance, incluidas las movilizaciones de la ciudadanÃÂa en alianza con el PP y la ocupación del espacio público para desestabilizar la democracia. A su vez, boicotean cualquier iniciativa que vaya hacia el Estado laico.
La estrategia antilaicista episcopal comienza con un peligroso juego que consiste en establecer una distinción entre laicismo y laicidad. Se trata de una operación lingüÃÂstica nada inocente que califica negativamente al laicismo como religión de sustitución y lo presenta como enemigo de las creencias religiosas.
Dos ejemplos. El cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, define erróneamente el laicismo como "hostilidad contra cualquier forma de relevancia pública y cultural de la religión, en particular contra todo sÃÂmbolo religioso en las instituciones públicas". El cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, va más allá y afirma que "el Estado moderno en su versión laicista radical desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo".
Los mismos sectores eclesiásticos elogian la laicidad y se refieren a ella con adjetivos como "sana", "positiva", "inclusiva". En dicha valoración coinciden polÃÂticos conservadores como el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el Papa Benedicto XVI. Estamos ante una trampa del lenguaje polÃÂtico-religioso para que la Iglesia católica recupere el protagonismo en la esfera polÃÂtica, en el terreno moral, en el plano cultural, en el ámbito educativo y en la cohesión social, y para la presencia o la permanencia de los sÃÂmbolos católicos en el espacio público.
¿Es verdad que el cristianismo resulta incompatible con el laicismo y tiene que adoptar una actitud beligerante frente a él? Decididamente no. El laicismo y la secularización no son males a combatir por los cristianos, sino que se encuentran en la entraña misma del cristianismo. Este surge como religión laica y se desarrolla como tal durante sus primeros siglos, donde no aparece el más mÃÂnimo atisbo de confesionalidad de las instituciones civiles y menos aún de legitimación del orden establecido.
Jesús de Nazaret, su fundador, fue un judÃÂo laico, crÃÂtico con el Estado teocrático y las autoridades religiosas legitimadoras del Imperio romano. Lo que pone en marcha no es una iglesia aliada con el poder, sino un movimiento igualitario de hombres y mujeres, cuya traducción histórica es una sociedad justa. Hasta el siglo IV, el cristianismo defendió la más radical separación entre la Iglesia y el Imperio. Los cristianos se negaron a adorar al emperador y no reclamaban privilegios del Estado. Su vida no se distinguÃÂa del resto de los ciudadanos, como reconoce la Carta a Diogneto, importante documento cristiano del siglo III.
Esta idea es ratificada 17 siglos después por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que se muestra partidario de la secularización, entendida como autonomÃÂa de las realidades terrenas, y de la separación entre Iglesia y Estado. Como afirma el teólogo alemán Baptist Metz, la secularización "es un acontecimiento originalmente cristiano" y una exigencia fundamental del cristianismo. Sin este, quizá no hubiera sido posible la democracia, cree el filósofo de la religión Marcel Gauchet, quien define certeramente al cristianismo como "la religión de la salida de la religión".
JUAN JOSÉ TAMAYO Doctor Cátedra de TeologÃÂa. Universidad Carlos III de Madrid
FUENTE:
http://www.publico.es/espana/334142/laicismo/opcion/cristiana
La jerarquÃÂa eclesiástica y las organizaciones católicas conservadoras se han conjurado contra el laicismo, recurriendo a todos los medios a su alcance, incluidas las movilizaciones de la ciudadanÃÂa en alianza con el PP y la ocupación del espacio público para desestabilizar la democracia. A su vez, boicotean cualquier iniciativa que vaya hacia el Estado laico.
La estrategia antilaicista episcopal comienza con un peligroso juego que consiste en establecer una distinción entre laicismo y laicidad. Se trata de una operación lingüÃÂstica nada inocente que califica negativamente al laicismo como religión de sustitución y lo presenta como enemigo de las creencias religiosas.
Dos ejemplos. El cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, define erróneamente el laicismo como "hostilidad contra cualquier forma de relevancia pública y cultural de la religión, en particular contra todo sÃÂmbolo religioso en las instituciones públicas". El cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, va más allá y afirma que "el Estado moderno en su versión laicista radical desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo".
Los mismos sectores eclesiásticos elogian la laicidad y se refieren a ella con adjetivos como "sana", "positiva", "inclusiva". En dicha valoración coinciden polÃÂticos conservadores como el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el Papa Benedicto XVI. Estamos ante una trampa del lenguaje polÃÂtico-religioso para que la Iglesia católica recupere el protagonismo en la esfera polÃÂtica, en el terreno moral, en el plano cultural, en el ámbito educativo y en la cohesión social, y para la presencia o la permanencia de los sÃÂmbolos católicos en el espacio público.
Jesús de Nazaret fue un judÃÂo laico, crÃÂtico de la jerarquÃÂa religiosa
¿Es verdad que el cristianismo resulta incompatible con el laicismo y tiene que adoptar una actitud beligerante frente a él? Decididamente no. El laicismo y la secularización no son males a combatir por los cristianos, sino que se encuentran en la entraña misma del cristianismo. Este surge como religión laica y se desarrolla como tal durante sus primeros siglos, donde no aparece el más mÃÂnimo atisbo de confesionalidad de las instituciones civiles y menos aún de legitimación del orden establecido.
Jesús de Nazaret, su fundador, fue un judÃÂo laico, crÃÂtico con el Estado teocrático y las autoridades religiosas legitimadoras del Imperio romano. Lo que pone en marcha no es una iglesia aliada con el poder, sino un movimiento igualitario de hombres y mujeres, cuya traducción histórica es una sociedad justa. Hasta el siglo IV, el cristianismo defendió la más radical separación entre la Iglesia y el Imperio. Los cristianos se negaron a adorar al emperador y no reclamaban privilegios del Estado. Su vida no se distinguÃÂa del resto de los ciudadanos, como reconoce la Carta a Diogneto, importante documento cristiano del siglo III.
Esta idea es ratificada 17 siglos después por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que se muestra partidario de la secularización, entendida como autonomÃÂa de las realidades terrenas, y de la separación entre Iglesia y Estado. Como afirma el teólogo alemán Baptist Metz, la secularización "es un acontecimiento originalmente cristiano" y una exigencia fundamental del cristianismo. Sin este, quizá no hubiera sido posible la democracia, cree el filósofo de la religión Marcel Gauchet, quien define certeramente al cristianismo como "la religión de la salida de la religión".
JUAN JOSÉ TAMAYO Doctor Cátedra de TeologÃÂa. Universidad Carlos III de Madrid
FUENTE:
http://www.publico.es/espana/334142/laicismo/opcion/cristiana
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