Falsabilidad
© Mario BungeTodos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teorÃÂa fÃÂsica, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancÃÂa es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje estatuir, mientra que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición serÃÂa cientÃÂfica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que serÃÂa falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es cientÃÂfica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habrÃÂa un paraÃÂso de enunciados fácticos: sólo existirÃÂan el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarsa «falsacionismo». También podrÃÂa llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los cientÃÂficos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es chata habrÃÂa sido cientÃÂfica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podÃÂa imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber cientÃÂfico de la época. En efecto, contradecÃÂa la suposición de la antigua astronomÃÂa griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra chata era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabÃÂan que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes habÃÂa calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la chatura de la Tierra no era cientÃÂfica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento cientÃÂfico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento cientÃÂfico del dÃÂa. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis cientÃÂficas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos quÃÂmicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biologÃÂa molecular, no son testeables por sàmismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso «operacionalizarlas», o sea, traducir términos teóricos a términos empÃÂricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no cientÃÂficas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfÃÂnteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento cientÃÂfico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empÃÂricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sàlo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sû. En efecto, lo primero que hace el cientÃÂfico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sÃÂ, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discÃÂpulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadÃÂstica.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasÃÂa edÃÂpica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorÃÂas de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economÃÂa experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorÃÂas favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.
Publicado en 100 ideas (2006)





























