Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
No hay persona que desconozca la frase inicial de la presente nota.
Como, seguramente, nadie ignora que fue pronunciada por Jesús de Nazaret en ocasión de una discusión
sobre si era lÃÂcito o no que el pueblo judÃÂo, dominado por los romanos, pagara los impuestos al emperador de Roma. Jesús pidió que le presentaran una moneda de pago y, al preguntar de quién era la imagen que en ella aparecÃÂa, sentenció la frase.
Frase que enmarca la conducta que deberÃÂan observar en adelante quienes, profesando la fe en Jesús, fueran, al mismo tiempo, habitantes y/o ciudadanos de un determinado paÃÂs. Frase que, desde los orÃÂgenes del cristianismo, y hasta el siglo IV, fue invariable y perseverantemente cumplida por quienes creÃÂan en la vida y en la palabra del Nazareno. AsÃÂ, llevaban adelante sus responsabilidades cÃÂvicas sin dejar de lado sus convicciones religiosas.
Los lectores sabrán que ex profeso digo "hasta el siglo IV", porque fue entonces cuando responsabilidad cÃÂvica y convicción religiosa, en el mundo dominado por Roma, comenzaron a mezclarse -sin solución de continuidad- a propósito de la conversión de Constantino, el emperador, al cristianismo; "conversión" teñida más de conveniencia polÃÂtica que de verdadera fe.





























