A propósito de milagros
En estadÃÂstica los eventos altamente improbables se rigen según la ley de los grandes números, una de cuyas consecuencias es que, si se toma una muestra suficientemente amplia de sucesos, es de esperarse que aquellos resultados con poca probabilidad terminen manifestándose eventualmente. Dicho muy crudamente: si un evento tiene una probabilidad de 0,001 de ocurrir, será difÃÂcil que lo encontremos hasta que hagamos mil ensayos. Y entonces no tendremos derecho a sorprendernos: será apenas una manifestación natural de una ley estadÃÂstica.
Este sencillo hecho parece escaparse a quienes se apresuran a calificar cualquier evento sorprendente como milagro. Los sobrevivientes de un desastre natural, los rescatados de una zona de guerra, los pacientes que logran recuperarse de una enfermedad seria, prefieren considerarse a sàmismos como seres especiales, privilegiados por el destino o el dios de su antojo, y llaman milagro a la mera manifestación del azar cuando cae sobre ellos.
Es comprensible. Como humanos dotados de ego nos resulta sumamente difÃÂcil aceptar nuestra irrelevancia.
Este sencillo hecho parece escaparse a quienes se apresuran a calificar cualquier evento sorprendente como milagro. Los sobrevivientes de un desastre natural, los rescatados de una zona de guerra, los pacientes que logran recuperarse de una enfermedad seria, prefieren considerarse a sàmismos como seres especiales, privilegiados por el destino o el dios de su antojo, y llaman milagro a la mera manifestación del azar cuando cae sobre ellos.
Es comprensible. Como humanos dotados de ego nos resulta sumamente difÃÂcil aceptar nuestra irrelevancia.





























